Salvo quizás, por esa casi imperceptible gota de sangre seca junto a la chimenea, que me empeñé en defender toda la vida y el cofrecito de joyas que me regaló, no quedó realmente nada de él. Reconozco que quiero a Cecil, mi esposo, pero he fingido amor todos estos años. No sé explicarlo, entre nosotros hay ternura, pero sólo eso. Extraño esas visitas nocturnas a mi dormitorio, a veces culpo en mis adentros a mi marido, pero la verdad, es que mi virginidad, mi corazón y mi deseo, quedaron enterradas junto con los restos del fantasma de Don Simón.
Aroón Rivera
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martes, febrero 10, 2009
martes, noviembre 18, 2008
Microcuentos IV / Relatos en cadena
Ahora sólo se alimenta de ricachones, la muy víbora. Así como lo oyes, tan bonita que era... y tan inocente que parecía. Pero mira, creció así, putita. Porque has de saber que no era nada inocente. Ya había tenido sus primeras experiencias en el campamento, cosa que me hizo perder la cabeza. Entonces, en el tiempo, me pregunto si habrá valido la pena asesinar a ese muchacho, porque quizá, de no haberlo hecho, Dolores, mi Lolita, sería una mujer decente, a la que este pobre viejo seguiría amando sin remordimientos.
Aroón Rivera
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miércoles, noviembre 12, 2008
Microcuentos III / Relatos en cadena
La serpiente me quedó más gorda de lo previsto, ¡la muy cabrona! Perdóname Dios mío, tu sabes lo que yo he hecho por esa que llegó como lombriz desnutrida hace cinco años. Le dí la mano, techo, alimento, -hasta se puso cachetona luego luego-. Dios, tu sabes que uno es hombre, y ahora sí me la pusiste difícil. ¡Pero qué estoy diciendo! Ese fue el diablo, ese despiadado amenaza con arracarme de tu lado Dios mío. Pero esa vívora, “esa vívora” no me va a seguir robando las limosnas, no me seguirá chantajeando con eso de que quedó embarazada.
Aroón Rivera
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Aroón Rivera
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domingo, octubre 26, 2008
Microcuentos II / Relatos en cadena
La mujer que había dentro de mí está muerta. Aquí no se puede ser bella, no con estas terribles prendas. No con este terrible color aderezado, anémico. ¿Cómo se puede ser mujer sin las miradas y las envidias de todas esas otras que no tienen explicación para que seas tú la primera en tener todo lo que ellas desean? ¿Cómo, sin esa piel blanca, brillante y lisa? Existía para ser vista. Estar en el escaparate sí era vida, no esta habitación blanca en la que nadie me mira. Aquí, soy sólo como una muñeca, una muñeca vieja, abandonada.
Aroón Rivera
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